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miércoles, 25 de julio de 2012

Kubla Khan

En Xanadú se hizo construir 
Kubla Khan un fastuoso palacio: 
Allí donde el sagrado río Alfa discurría 
a través de grutas inconmensurables para el hombre 
hasta precipitarse en un mar sin sol. 
Así pues, diez millas de terreno fértil 
fueron cercadas de muros y torres: 
y surgieron jardines en los que brillaban sinuosos arroyos 
y donde crecían abundantes árboles del incienso; 
y había bosques tan viejos como las colinas 
rodeando los prados iluminados por el sol.

¡Mas, ved aquel romántico y profundo abismo abierto 
en el costado de la verde colina, bajo la sombra de los cedros! 
¡Qué lugar tan agreste! ¡El más sagrado y lleno de encantamientos 
que jamás fue visitado bajo la luna menguante 
por la mujer que clama por su demonio amante! 
Y de este abismo, bullendo en incesante remolino, 
como si la tierra respirara con ansioso jadeo, 
brotó al instante un poderoso manantial; 
y en medio de su repentino e intermitente impulso
enormes fragmentos de roca saltaban como el granizo
o como el trigo que se separa de la paja bajo los golpes del trillador; 
y en medio del incesante resonar de las rocas que danzaban en el aire, 
surgió a borbotones el sagrado río. 
Trazando laberínticos meandros, a lo largo de cinco millas 
discurría el sagrado río a través de bosques y valles, 
hasta llegar a las cavernas inconmensurables para el hombre 
y hundirse con estruendo en un océano sin vida: 
y, en medio de este estruendo, oyó Kubla a lo lejos 
las voces de sus antepasados que profetizaban la guerra.

La sombra del palacio deleitoso 
se reflejaba en medio de las olas, 
allí donde se oían los ritmos mezclados 
del manantial y los abismos.

Era una maravilla de peculiar diseño 
este palacio de deleites bañado por el sol sobre cavernas de hielo. 
De una jovencilla que llevaba un dulcémele 
tuve una vez una visión:
era una doncella abisinia, 
y tocaba su dulcémele 
mientras cantaba del monte Abora. 
Si fuera capaz de revivir en mí la música y 
la letra de su canción 
 me sentiría penetrado de tan profunda delicia, 
que, con música aguda y prolongada, 
sería capaz de construir en los aires el palacio, 
¡ese palacio soleado! ¡esas grutas de hielo! 
Y todos los que oyeran mi música los verían,
y gritarían todos: ¡Cuidado, cuidado! 
¡Mirad sus ojos centelleantes, su cabello desmelenado! 
Tejed tres veces en torno a él un círculo, 
y cerrad los ojos con terror sagrado, 
pues él se ha alimentado de ambrosía 
y ha bebido la leche del Paraíso.

domingo, 6 de mayo de 2012

la filosofía de lo bajo


- ¿Cómo llegás a posicionarte desde esta "filosofía de lo bajo"?


"La filosofía de lo bajo es un modo de ver las cosas. La filosofía generalmente –no digo nada original- siempre fue pensada como algo elevado, algo espiritual. Cuando uno escucha que alguien se define como filósofo piensa que va a decir cosas importantes, profundas, relacionadas con el sentido de la vida. La gente común labura, hace lo que puede, vive en la tierra; y el filósofo es el que ve desde arriba todo ese tipo de cosas. Esa es una imagen tradicional de la filosofía. Ahora, si uno se pone en ese lugar hace un papelón, porque es ridículo, el filósofo no está por arriba de nada. Y después, eso bajo o terrenal, esa necesidad de estar con los pies bien plantados, de no vivir toda la vida en una universidad, salir, conocer cosas que no corresponden a tu vocación, mezclarte con gente no letrada. Eso no es por un afán de humanismo, sino que es absolutamente indispensable para poder pensar. Wittgenstein decía: “Para ser filósofo elegí cualquier oficio que no sea ser profesor de filosofía”. Hay ciertos autores que a mí me daban esa imagen de un tipo de pensamiento bien agarrado en las cosas: el joven Sartre; el polaco Gombrowicz; Artaud, el poeta; y mis maestros Foucault y Deleuze. Tiene que ver con un modo de hacer filosofía que no toma en cuenta a la autoridad, ni la referencia, ni la competencia en cuánta gente citás, ni en el fisioculturismo bibliográfico, ni en el formulario de tesina. Es otra cosa, que se llama pensar. Y para pensar tenés que ser una persona que se caga en todo, especialmente en aquellos que te dicen cómo pensar y qué pensar. Vos ahí tenés que agarrar la aspiradora, borrar todo y ahí empezar a saltar como un mono y decir: “Esta alfombra es mía y acá digo lo que quiero”. Ahora, esta actitud de apropiación de la página, de la pantalla, de lo que sea, de tu cabeza, no es ni espontánea ni surge por voluntad solamente, sino que tenés que meter mucho trabajo. No tiene ningún sentido si no hay un esfuerzo a saltear. Todo esto tiene sentido si vos encontrás una resistencia, una pelea. Y la pelea te exige estar armado, porque el ejército de la cultura está con gente muy armada con mucho arsenal. Entonces, conseguir una voz propia, un pensamiento que sea tuyo, valga lo que valga, desentenderte de lo qué dirán, de cómo queda, bancarte estar en minoría, bancarte la frustración, no publicar un libro, que nadie lea un texto, que no te salga un renglón. Bueno, todo eso para mí forma parte de lo bajo. Es decir, no de la imagen del pensador, que te habla con voz grave, cavernosa, con buena sintaxis y que se lleva la mano al mentón y realmente está en estado de pañales, eso no."




lunes, 7 de noviembre de 2011

Filosofía filosa

La navaja de Ockham (a veces escrito Occam u Ockam), principio de economía o principio de parsimonia (lex parsimonia), es un principio metodológico y filosófico atribuido a Guillermo de Ockham (1280-1349), según el cual cuando dos teorías en igualdad de condiciones tienen las mismas consecuencias, la teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja.