"Toda religión mi amigo, simplemente evolucionó a partir de un fraude: el miedo, la imaginación, la codicia y la poesía"
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domingo, 1 de junio de 2014
viernes, 26 de julio de 2013
un viejo que leía novelas de amor
"...Dos hombres se mantendrían en vela, para ser relevados a las cuatro horas por el otro par. El dormiría sin interrupciones hasta el amanecer.
Antes de dormir cocinaron arroz con lonjas de banano, y luego de cenar Antonio José Bolívar limpió su dentadura postiza antes de guardarla en el pañuelo. Sus acompañantes le vieron dudar un momento, y se sorprendieron al verlo acomodándose la placa nuevamente.
Antes de dormir cocinaron arroz con lonjas de banano, y luego de cenar Antonio José Bolívar limpió su dentadura postiza antes de guardarla en el pañuelo. Sus acompañantes le vieron dudar un momento, y se sorprendieron al verlo acomodándose la placa nuevamente.
Como formaba parte del primer turno, el viejo se apropió de la lámpara de carburo.
Su compañero de vigilia lo miraba, perplejo, recorrer con la lupa los signos ordenados en el libro.
—¿Verdad que sabes leer, compadre?
—Algo.
—¿Y qué estás leyendo?
—Una novela. Pero quédate callado. Si hablas se mueve la llama, y a mí se me mueven las letras.
El otro se alejó para no estorbar, mas era tal la atención que el viejo dispensaba al libro, que no soportó quedar al margen.
—¿De qué trata?
—Del amor.
Ante la respuesta del viejo, el otro se acercó con renovado interés.
—No jodas. ¿Con hembras ricas, calentonas?
El viejo cerró de sopetón el libro haciendo vacilar la llama de la lámpara.
—No. Se trata del otro amor. Del que duele.
El hombre se sintió decepcionado. Encogió los hombros y se alejó. Con ostentación se echó un largo trago, encendió un cigarro y comenzó a afilar la hoja del machete.
Pasada la piedra, escupía sobre el metal, repasaba y media el filo con la yema de un dedo.
El viejo seguía en lo suyo, sin dejarse importunar por el ruido áspero de la piedra contra el acero, musitando palabras como si rezara.
—Anda, lee un poquito más alto.
—¿En serio? ¿Te interesa?
—Vaya que sí. Una vez fui al cine, en Loja, y vi una película mexicana, de amor. Para qué le cuento, compadre. La de lágrimas que solté.
—Entonces, tengo que leerte desde el comienzo, para que sepas quiénes son los buenos y quiénes los malos.
Antonio José Bolívar regresó a la primera página del libro. La había leído varias veces y se la sabía de memoria.
«Paul la besó ardorosamente en tanto el gondolero, cómplice de las aventuras de su amigo, simulaba mirar en otra dirección, y la góndola, provista de mullidos cojines, se deslizaba apaciblemente por los canales venecianos.»
—No tan rápido, compadre —dijo una voz.
El viejo levantó la vista. Lo rodeaban los tres hombres. El alcalde reposaba alejado, tendido sobre un hato de costales.
—Hay palabras que no conozco —señaló el que había hablado.
—¿Tú las entiendes todas? —preguntó otro.
El viejo se entregó entonces a una explicación, a su manera, de los términos desconocidos.
Lo de gondolero, góndola, y aquello de besar ardorosamente quedó semiaclarado tras un par de horas de intercambio de opiniones salpicadas de anécdotas picantes. Pero el misterio de una ciudad en la que las gentes precisaban de botes para moverse no lo entendían de ninguna manera.
—Vaya uno a saber si no tendrán mucha lluvia.
—O ríos que se salen de madre.
—Han de vivir más mojados que nosotros.
—Imagínese. Uno se echa sus tragos, se le ocurre salir a desaguar fuera de casa, ¿y qué ve? A los vecinos mirándolo con caras de pescado.
Los hombres reían, fumaban, bebían. El alcalde se revolvió molesto en su lecho.
—Para que sepan, Venecia es una ciudad construida en una laguna. Y está en Italia —bramó desde su rincón de insomne.
—¡Vaya! O sea que las casas flotan como balsas —acotó uno.
—Si es así, entonces, ¿para qué los botes? Pueden viajar con las casas, como barcos —opinó otro.
—¡Si serán cojudos! Son casas firmes. Hay hasta palacios, catedrales, castillos, puentes, calles para la gente. Todos los edificios tienen cimientos de piedra —declaró el gordo.
—¿Y cómo lo sabe? ¿Ha estado allá? —preguntó el viejo.
—No. Pero soy instruido. Por algo soy alcalde.
La explicación del gordo complicaba las cosas.
—Si lo he entendido bien, excelencia, esa gente tiene piedras que flotan, como las piedras pómez han de ser, pero, así y todo, si uno construye una casa con piedras pómez no flota, no señor. Seguro que le meten tablones por debajo.
El alcalde se agarró la cabeza con las manos.
—¡Si serán cojudos! ¡Ay, si serán cojudos! Piensen lo que quieran. A ustedes se les ha contagiado la mentalidad selvática. A ustedes no los saca ni Cristo de sus cojudeces. Ah, una cosa: la van a cortar con eso de llamarme excelencia. Desde que escucharon al dentista se agarraron de la palabrita.
—¿Y cómo quiere que lo llamemos? Al juez hay que decirle usía; al cura, eminencia, y a usted tenemos que llamarlo de alguna manera, excelencia.
El gordo quiso agregar algo, pero un gesto del viejo lo detuvo. Los hombres comprendieron, echaron mano a las armas, apagaron las lámparas y esperaron.
De afuera llegó el tenue ruido de un cuerpo moviéndose con sigilo. Las pisadas no producían sonidos, pero aquel cuerpo se pegaba a los arbustos bajos y a las plantas. Al hacerlo detenía el chorrear del agua, y cuando avanzaba, el agua detenida caía con renovada abundancia.
El cuerpo en movimiento trazaba un semicírculo en torno a la choza del puestero. El alcalde se acercó a gatas hasta el viejo.
—¿El bicho?
—Sí. Y nos ha olido..."
—Sí. Y nos ha olido..."
martes, 29 de mayo de 2012
jueves, 3 de mayo de 2012
Documentos
Llena de signos y de árboles,
ella cruza la noche como un fuego o un río,
asciende en el silencio y la memoria,
es infinita como un hecho,
la existo, la conduzco, yo soy su certidumbre.
jueves, 19 de enero de 2012
jueves, 15 de diciembre de 2011
V(ino) & W(hisky)
Una breve nota a pie de página sobre la uva y el grano
"...Hitch: establecer reglas sobre la bebida puede ser la señal de que eres un alcohólico"
- No bebas con el estómago vacío: el principal sentido del refrigerio es realzar la comida.
- No bebas si estas deprimido: es una mala cura.
- Bebe cuando estés de buen humor.
- El alcohol barato sale caro.
- No es cierto que no debas beber solo: pueden ser las copas más felices que tomes nunca.
- Las resacas son otra mala señal, y no deberías esperar que te crean si te refugias diciendo que no recuerdas lo que paso la noche anterior. (Si de verdad no lo recuerdas, es una señal todavía peor).
- Evita todos los narcóticos: te harán más aburrido en vez de menos y no están pensados -como la uva y el grano- para animar a la compañía.
- Ten cuidado a la hora de ascender demasiado hacia el escocés de malta: cuando viajes por países duros no será fácil conseguirlo.
- Ni se te ocurra conducir si has tomado una gota.
- Es mucho peor ver a una mujer borracha que a un hombre: no sé por qué es cierto, pero lo es. Nunca seas responsable de ello..."
Extraído de "Hitch-22: memorias" de Christopher Hitchens
miércoles, 16 de noviembre de 2011
Desollando palabras
"...Recomendar al lector el método en su día a día: tome las palabras, péselas, mézalas, vea la manera como se unen, lo que expresan, descifre el airecillo bellaco con que dicen una cosa por otra y venga a decirme si no se siente mejor después de haberlas desollado. A las palabras hay que arrancarles la piel. No hay otra manera para entender de qué están hechas."
Extraído de "Cuadernos de Lanzarote" - José Saramago
miércoles, 12 de octubre de 2011
lunes, 26 de abril de 2010
más claro... échale Arlt
Concepto Claro
Si usted quiere formarse "un concepto claro" de la existencia, viva. Piense. Obre. Sea sincero. No se engañe a sí mismo. Analice. Estúdiese. El día que se conozca a usted mismo perfectamente, acuérdese de lo que le digo: en ningún libro va a encontrar nada que lo sorprenda. Todo será viejo para usted. Usted leerá por curiosidad libros y libros y siempre llegará a esa fatal palabra terminal: "Pero sí esto lo había pensado yo, ya". Y ningún libro podrá enseñarle nada. Salvo los que se han escrito sobre esta última guerra. Esos documentos trágicos vale la pena conocerlos. El resto es papel...
Si usted quiere formarse "un concepto claro" de la existencia, viva. Piense. Obre. Sea sincero. No se engañe a sí mismo. Analice. Estúdiese. El día que se conozca a usted mismo perfectamente, acuérdese de lo que le digo: en ningún libro va a encontrar nada que lo sorprenda. Todo será viejo para usted. Usted leerá por curiosidad libros y libros y siempre llegará a esa fatal palabra terminal: "Pero sí esto lo había pensado yo, ya". Y ningún libro podrá enseñarle nada. Salvo los que se han escrito sobre esta última guerra. Esos documentos trágicos vale la pena conocerlos. El resto es papel...
Extraído de "Aguafuertes porteñas"
domingo, 26 de abril de 2009
soledad
"...No te diré cómo fui hundiéndome día tras día. Quizá ocurrió después del horrible pecado. La verdad es que fui quedando aislado.
Caminaba como antes por las calles, miraba los objetos que se exhiben en las vitrinas, y hasta me detenía sorprendido frente a ciertas ingeniosidades de la industria, mas la verdad es que estaba horriblemente solo.
Alguna que otra vez sentía en mis mejillas el frío roce de un alma que me buscaba por la tierra con su pobre pensamiento encadenado. Un escalofrío se descargaba entonces a través de los intersticios de mis vértebras.
Luego la noche del pensamiento caía sobre mí y estuve mucho tiempo sumergido en el crepúsculo que ya no era terrestre, y tal como deben conocerlo aquellos que la medicina clasifica con el nombre de idiotas profundos...."
Caminaba como antes por las calles, miraba los objetos que se exhiben en las vitrinas, y hasta me detenía sorprendido frente a ciertas ingeniosidades de la industria, mas la verdad es que estaba horriblemente solo.
Alguna que otra vez sentía en mis mejillas el frío roce de un alma que me buscaba por la tierra con su pobre pensamiento encadenado. Un escalofrío se descargaba entonces a través de los intersticios de mis vértebras.
Luego la noche del pensamiento caía sobre mí y estuve mucho tiempo sumergido en el crepúsculo que ya no era terrestre, y tal como deben conocerlo aquellos que la medicina clasifica con el nombre de idiotas profundos...."
Extraído de "Las fieras" - Roberto Arlt
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