"No hay fuego ni frío que pueda desafiar a lo que un hombre guarda entre los fantasmas de su corazón."
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martes, 24 de septiembre de 2013
domingo, 1 de septiembre de 2013
jueves, 20 de diciembre de 2012
lunes, 17 de diciembre de 2012
un anacronismo humano
"...Ignatius recorrió tambaleante el camino de ladrillos de su casa, subió los escalones laboriosamente, llamó al timbre. Una rama del banano muerto había expirado y se había desplomado rígida sobre la capota del Plymouth.
–Ignatius, hijito -gritó la señora Reilly cuando abrió la puerta-. ¿Qué te pasa? Parece que estuvieras muriéndote.
–Se me cerró la válvula en el tranvía.
–Ay, Señor, Señor, entra en seguida, que hace mucho frío.
Ignatius se arrastró penosamente hasta la cocina, se derrumbó en una silla.
–El director de personal de esa compañía de seguros me trató muy ofensivamente.
–¿No conseguiste el trabajo?
–Pues claro que no conseguí el trabajo.
–¿Qué pasó?
–Preferiría no comentarlo.
–¿Fuiste a los otros sitios?
–No, evidentemente. ¿Tú crees que estoy en condiciones de complacer a posibles patronos? Tuve el buen gusto de venirme a casa lo antes posible.
–No agaches las orejas, hijo mío.
–Yo nunca agacho las orejas, madre.
–No te enfades, hijo. Encontrarás un buen trabajo. Sólo llevas unos días buscando -dijo su madre y luego le miró-. Ignatius, cuando hablaste con ese hombre de la compañía de seguros, ¿llevabas puesta esa gorra?
–Pues claro. En aquella oficina no había una calefacción como es debido. No sé cómo los empleados de esa empresa logran mantenerse vivos si tienen que exponerse día tras día a un frío semejante. Y luego, aquellos tubos fluorescentes asándoles los sesos y cegándoles. No me gustó nada aquella oficina. Intenté explicarle al jefe de personal los inconvenientes del lugar, pero no pareció interesarle mucho. Y acabó adoptando una actitud francamente hostil -soltó un eructo monstruoso-. Sin embargo, ya te dije yo que pasaría esto. Soy un anacronismo. La gente se da cuenta y les fastidia..."
Extraído de "La conjura de los necios"
viernes, 23 de noviembre de 2012
el perfecto camuflaje
"—La Tierra... —musitó Arthur.
—Bueno, en realidad es la Tierra número Dos —dijo alegremente Slartibarfast—. Estamos haciendo una reproducción de nuestra cianocopia original.
Hubo una pausa.
—¿Está tratando de decirme —inquirió Arthur con voz lenta y controlada— que ustedes... hicieron originalmente la Tierra?
—Claro que sí —dijo Slartibarfast—. ¿Has ido alguna vez a un sitio que... me parece que se llamaba Noruega?
—No —contesto Arthur—, no he ido nunca.
—Qué lástima —comentó Slartibarfast—, eso fue obra mía. Ganó un premio, ¿sabes?
¡Qué costas tan encantadoras y arrugadas! Lo sentí mucho al enterarme de su destrucción.
—¡Que lo sintió!
—Sí. Cinco minutos después no me habría importado tanto. Fue un error espantoso.
—¡Cómo! —exclamó Arthur.
—Los ratones se pusieron furiosos.
—¡Que los ratones se pusieron furiosos!
—Pues sí —dijo el anciano con voz suave.
—Y me figuro que lo mismo se pondrían los perros, los gatos y los ornitorrincos, pero...
—¡Ah!, pero ellos no habían pagado para verlo, ¿verdad?
—Mire —dijo Arthur—, ¿no le ahorraría un montón de tiempo si me diera por vencido y me volviese loco ahora mismo?
Durante un rato el aerodeslizador voló en medio de un silencio embarazoso. Luego, el anciano trató pacientemente de dar una explicación.
—Terráqueo, el planeta en el que vivías fue encargado, pagado y gobernado por ratones. Quedó destruido cinco minutos antes de alcanzarse el propósito para el cual se proyectó, y ahora tenemos que construir otro.
Arthur sólo se quedó con una palabra.
—¿Ratones? —dijo.
—Efectivamente, terráqueo.
—Lo siento, escuche.... ¿estamos hablando de las pequeñas criaturas peludas que tienen una fijación con el queso y ante los cuales las mujeres se subían gritando encima de las mesas en las comedias televisivas a principios de los sesenta?
Slartibarfast tosió cortésmente.
—Terráqueo —dijo—, resulta un poco difícil seguir tu manera de hablar. Recuerda que he estado dormido en el interior de este planeta de Magrathea durante cinco millones de años y no sé mucho de esas comedias televisivas de los primeros sesenta de que me hablas. Mira, esas criaturas que tú llamas ratones, no son enteramente lo que parecen. No son más que la proyección en nuestra dimensión de seres pandimensionales sumamente hiperinteligentes. Todo eso del queso y de los gritos no es más que una fachada.
El anciano hizo una pausa y, con una mueca simpática, prosiguió:
—Me temo que han hecho experimentos con vosotros.
Arthur pensó aquello durante un segundo, y luego se le iluminó el rostro.
—¡Ah, no! —dijo—. Ya veo el origen del malentendido. No, mire usted, lo que pasó es que nosotros hacíamos experimentos con ellos. Con frecuencia se les utilizaba en investigaciones conductistas, Pavlov y todas esas cosas. De manera que lo que pasó fue que a los ratones se les presentaba todo tipo de pruebas, aprendían a tocar campanillas y a correr por laberintos y cosas así, para luego analizar todas las características del proceso de aprendizaje. Por la observación de su conducta, nosotros aprendíamos todo tipo de cosas sobre la nuestra...
La voz de Arthur se apagó.
—Es de admirar... —dijo Slartibarfast— semejante sutileza.
—¿Cómo? —dijo Arthur.
—Qué cosa mejor para ocultar su verdadera naturaleza, para guiar mejor vuestras ideas: correr de pronto por el lado erróneo de un laberinto, comer el trozo equivocado de queso, caer repentinamente muertos de mixomatosis...; si eso se calcula adecuadamente, el efecto acumulativo es enorme.
Hizo una pausa para causar efecto.
—Mira, terráqueo, son seres pandimensionales realmente listos y especialmente hiperinteligentes. Vuestro planeta y vuestra gente han formado la matriz de un ordenador orgánico que realizaba un programa de investigación de diez millones de años... Permite que te cuente toda la historia. Llevará un poco de tiempo..."
Extraído de "Guía del Autoestopista Galáctico"
jueves, 9 de agosto de 2012
saber querer
"...—Ha perdido la cabeza —dijo la señora Nemur—. Habla como si existieran dos Charlie Gordon. Será mejor que lo examine, doctor.
El doctor Strauss agitó la cabeza.
—No. Sé lo que quiere decir. Se manifestó recientemente en las sesiones de psicoterapia. Desde hace aproximadamente un mes se ha evidenciado una extraña disociación. Ha experimentado varias veces la sensación de verse a sí mismo como era antes de la experiencia —en tanto que individuo distinto y separado que tiene aún una existencia real al nivel de su consciente—, como si el antiguo Charlie Gordon luchara por tomar de nuevo posesión de su cuerpo.
—¡No! ¡Yo no he dicho nunca esto! No lucha por tomar de nuevo posesión de su cuerpo. Charlie está ahí, de acuerdo, pero no lucha conmigo. Simplemente espera. Nunca ha intentado dirigir mis actos ni impedirme hacer lo que yo quería hacer —después, recordando a Alice, rectifiqué—: Bien, casi nunca. El Charlie humilde, discreto, del que hablaban hace un momento, espera pacientemente. Confieso que lo aprecio por muchas razones, pero no por su humildad ni por su discreción. He aprendido lo que esto degrada a una persona en nuestro mundo.
—Te has vuelto cínico —dijo Nemur —. Esto es todo lo que te ha dado esta oportunidad. Tu genio ha destruido tu fe en el mundo y en tu prójimo.
—Esto no es totalmente cierto —dije suavemente—. Pero he aprendido que la inteligencia por sí sola no significa gran cosa. Aquí, en su Universidad, la inteligencia, la educación, el saber, se han convertido en grandes ídolos. Pero ahora sé que hay un detalle que han olvidado: la inteligencia y la educación que no han sido templadas en el afecto humano no valen gran cosa.
Tomé otro martini del bar y proseguí mi sermón.
—Entiéndanme bien —dije—. La inteligencia es uno de los mayores dones del hombre. Pero demasiado a menudo la búsqueda del saber oculta la búsqueda del amor. Esta es otra de las cosas que he descubierto por mí mismo recientemente. Se la ofrezco en forma de hipótesis: la inteligencia sin la capacidad de dar y recibir un afecto conduce al derrumbe mental y moral, a la neurosis e incluso a la psicosis. Y digo que la mente absorbida en un interés egoísta tomado como un fin en sí mismo, con exclusión de toda relación humana, no puede conducir más que a la violencia y al dolor..."
El doctor Strauss agitó la cabeza.
—No. Sé lo que quiere decir. Se manifestó recientemente en las sesiones de psicoterapia. Desde hace aproximadamente un mes se ha evidenciado una extraña disociación. Ha experimentado varias veces la sensación de verse a sí mismo como era antes de la experiencia —en tanto que individuo distinto y separado que tiene aún una existencia real al nivel de su consciente—, como si el antiguo Charlie Gordon luchara por tomar de nuevo posesión de su cuerpo.
—¡No! ¡Yo no he dicho nunca esto! No lucha por tomar de nuevo posesión de su cuerpo. Charlie está ahí, de acuerdo, pero no lucha conmigo. Simplemente espera. Nunca ha intentado dirigir mis actos ni impedirme hacer lo que yo quería hacer —después, recordando a Alice, rectifiqué—: Bien, casi nunca. El Charlie humilde, discreto, del que hablaban hace un momento, espera pacientemente. Confieso que lo aprecio por muchas razones, pero no por su humildad ni por su discreción. He aprendido lo que esto degrada a una persona en nuestro mundo.
—Te has vuelto cínico —dijo Nemur —. Esto es todo lo que te ha dado esta oportunidad. Tu genio ha destruido tu fe en el mundo y en tu prójimo.
—Esto no es totalmente cierto —dije suavemente—. Pero he aprendido que la inteligencia por sí sola no significa gran cosa. Aquí, en su Universidad, la inteligencia, la educación, el saber, se han convertido en grandes ídolos. Pero ahora sé que hay un detalle que han olvidado: la inteligencia y la educación que no han sido templadas en el afecto humano no valen gran cosa.
Tomé otro martini del bar y proseguí mi sermón.
—Entiéndanme bien —dije—. La inteligencia es uno de los mayores dones del hombre. Pero demasiado a menudo la búsqueda del saber oculta la búsqueda del amor. Esta es otra de las cosas que he descubierto por mí mismo recientemente. Se la ofrezco en forma de hipótesis: la inteligencia sin la capacidad de dar y recibir un afecto conduce al derrumbe mental y moral, a la neurosis e incluso a la psicosis. Y digo que la mente absorbida en un interés egoísta tomado como un fin en sí mismo, con exclusión de toda relación humana, no puede conducir más que a la violencia y al dolor..."
Extraído de "Flores para Algernon" - Daniel Keyes
domingo, 8 de julio de 2012
martes, 5 de junio de 2012
la límpida crueldad de las llamas
"Los libros bombardearon sus hombros, sus brazos, su rostro levantado. Un libro
aterrizó, casi obedientemente como una paloma blanca, en sus manos, agitando
las alas. A la débil e incierta luz, una página desgajada asomó, y era como un
copo de nieve, con las palabras delicadamente impresas en ella. Con toda su prisa
Y su celo, Montag sólo tuvo un instante para leer una línea ésta ardió en su
cerebro durante el minuto siguiente como si se la hubiesen grabado con un acero.
El tiempo se ha dormido a la luz del sol del atardecer. Montag dejó caer el libro.
Inmediatamente cayó entre sus brazos.
-¡Montag, sube!
La mano de Montag se cerró como una boca, aplastó el libro con fiera devoción, con fiera inconsciencia, contra su pecho. Los hombres, desde arriba, arrojaban al aire polvoriento montones de revistas que caían como pájaros asesinados, y la mujer permanecía abajo, como una niña, entre los cadáveres.
Montag no hizo nada. Fue su mano la que actuó; su mano, con un cerebro propio, con una conciencia y una curiosidad en cada dedo tembloroso, se había convertido en ladrona. En aquel momento metió el libro bajo su brazo, lo apretó con fuerza contra la sudorosa axila; salió vacía, con agilidad de prestidigitador. ¡Mira aquí! ¡inocente! ¡Mira!
Montag contempló, alterado, aquella mano blanca. La mantuvo a distancia, como si padeciese presbicia. La acercó al rostro, como si fuese miope.
-¡Montag! El aludido se volvió con sobresalto.
-¡No te quedes ahí parado, estúpido!
Los libros yacían como grandes montones de peces puestos a secar. Los hombres bailaban, resbalaban y caían sobre ellos. Los títulos hacían brillar sus ojos dorados, caían, desaparecían.
-¡Petróleo!
Bombearon el frío fluido desde los tanques con el número 451 que llevaban sujetos a sus hombros. Cubrieron cada libro, inundaron las habitaciones.
Corrieron escaleras abajo; Montag avanzó en pos de ellos, entre los vapores del petróleo.
-¡Vamos, mujer!
Ésta se arrodilló entre los libros, acarició la empapada piel, el impregnado cartón, leyó los títulos dorados con los dedos mientras su mirada acusaba a Montag."
-¡Montag, sube!
La mano de Montag se cerró como una boca, aplastó el libro con fiera devoción, con fiera inconsciencia, contra su pecho. Los hombres, desde arriba, arrojaban al aire polvoriento montones de revistas que caían como pájaros asesinados, y la mujer permanecía abajo, como una niña, entre los cadáveres.
Montag no hizo nada. Fue su mano la que actuó; su mano, con un cerebro propio, con una conciencia y una curiosidad en cada dedo tembloroso, se había convertido en ladrona. En aquel momento metió el libro bajo su brazo, lo apretó con fuerza contra la sudorosa axila; salió vacía, con agilidad de prestidigitador. ¡Mira aquí! ¡inocente! ¡Mira!
Montag contempló, alterado, aquella mano blanca. La mantuvo a distancia, como si padeciese presbicia. La acercó al rostro, como si fuese miope.
-¡Montag! El aludido se volvió con sobresalto.
-¡No te quedes ahí parado, estúpido!
Los libros yacían como grandes montones de peces puestos a secar. Los hombres bailaban, resbalaban y caían sobre ellos. Los títulos hacían brillar sus ojos dorados, caían, desaparecían.
-¡Petróleo!
Bombearon el frío fluido desde los tanques con el número 451 que llevaban sujetos a sus hombros. Cubrieron cada libro, inundaron las habitaciones.
Corrieron escaleras abajo; Montag avanzó en pos de ellos, entre los vapores del petróleo.
-¡Vamos, mujer!
Ésta se arrodilló entre los libros, acarició la empapada piel, el impregnado cartón, leyó los títulos dorados con los dedos mientras su mirada acusaba a Montag."
Extraído de "Fahrenheit 451" - Ray Bradbury
jueves, 19 de enero de 2012
jueves, 15 de diciembre de 2011
V(ino) & W(hisky)
Una breve nota a pie de página sobre la uva y el grano
"...Hitch: establecer reglas sobre la bebida puede ser la señal de que eres un alcohólico"
- No bebas con el estómago vacío: el principal sentido del refrigerio es realzar la comida.
- No bebas si estas deprimido: es una mala cura.
- Bebe cuando estés de buen humor.
- El alcohol barato sale caro.
- No es cierto que no debas beber solo: pueden ser las copas más felices que tomes nunca.
- Las resacas son otra mala señal, y no deberías esperar que te crean si te refugias diciendo que no recuerdas lo que paso la noche anterior. (Si de verdad no lo recuerdas, es una señal todavía peor).
- Evita todos los narcóticos: te harán más aburrido en vez de menos y no están pensados -como la uva y el grano- para animar a la compañía.
- Ten cuidado a la hora de ascender demasiado hacia el escocés de malta: cuando viajes por países duros no será fácil conseguirlo.
- Ni se te ocurra conducir si has tomado una gota.
- Es mucho peor ver a una mujer borracha que a un hombre: no sé por qué es cierto, pero lo es. Nunca seas responsable de ello..."
Extraído de "Hitch-22: memorias" de Christopher Hitchens
miércoles, 9 de noviembre de 2011
una simple rata devoradora
“...Mi devoración, al principio, era tosca, orgiástica, descentrada, cochina —me daba igual emprenderla a mordiscos con Faulkner que con Flaubert—, pero pronto empecé a percibir sutiles diferencias. Me di cuenta, al principio, de que cada libro poseía un sabor distinto —dulce, amargo, agrio, agridulce, rancio, salado, ácido—, y según fue pasando el tiempo y mis sentidos ganaban en agudeza, llegué a captar el sabor de cada página, de cada frase y, finalmente, de cada palabra: todas traían consigo una ordenación de imágenes, representaciones mentales de cosas que yo desconocía por completo, dada mi limitada experiencia del llamado mundo real: rascacielos, puertos, caballos, caníbales, un árbol florecido, una cama sin hacer, una mujer ahogada, un muchacho volador, una cabeza cortada, siervos de la gleba que levantan la cabeza al oír el aullido de un idiota, el silbido de un tren, un río, una balsa, el sol entrando al sesgo en un bosque de abedules, la mano que acaricia un muslo desnudo, una choza en la jungla, un monje que se muere.”
Extraído de "Firmin"
martes, 31 de mayo de 2011
domingo, 2 de enero de 2011
Una lección sobre autoría desautorizada
"...Una vez escuché un filósofo alemán (era alemán, de verdad, y era profesor de filosofía) que examinaba con todo detalle uno de mis relatos, sin saber que yo estaba entre el auditorio.
Después de la conferencia, me levanté para discutir algunos puntos de su interpretación, y le dije, pensando que aquello lo dejaría fulminado: "Después de todo, da la casualidad que yo soy el autor de la narración."
"Oh", dijo él, "¿es usted Isaac Asimov? Estoy encantado de contarle entre nosotros y soy gran admirador de su obra, pero dígame -¿Qué le hace pensar que por haber escrito la obra sabe algo sobre ella?"
He tratado de no olvidar nunca esta lección."
Después de la conferencia, me levanté para discutir algunos puntos de su interpretación, y le dije, pensando que aquello lo dejaría fulminado: "Después de todo, da la casualidad que yo soy el autor de la narración."
"Oh", dijo él, "¿es usted Isaac Asimov? Estoy encantado de contarle entre nosotros y soy gran admirador de su obra, pero dígame -¿Qué le hace pensar que por haber escrito la obra sabe algo sobre ella?"
He tratado de no olvidar nunca esta lección."
Extraído de "Opus 100" - Isaac Asimov
viernes, 26 de marzo de 2010
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