lunes, 11 de junio de 2012

la contemplación de la belleza

"Había ocurrido tres horas antes: Shimamura estaba contemplando el dedo índice de su mano izquierda. Solo ese dedo parecía conservar un recuerdo vital de la mujer que se proponía reencontrar. Cuanto más se esforzaba en convocar su imagen, más lo traicionaba su memoria y más difusa se le haría aquella mujer. No conocía su nombre siquiera. En esa incertidumbre, sólo el dedo índice de su mano izquierda parecía conservar el tibio recuerdo de aquella mujer y acortar la distancia que los separaba. Invadido por la extrañeza, Shimamura se llevó la mano a los labios y luego trazó una línea distraída en el vidrio empañado. Un ojo femenino irrumpió en el cristal. Shimamura se estremeció. Creyó que había estado soñando hasta que comprendió que era sólo el reflejo en la ventanilla de la muchacha sentada al otro lado del pasillo. 
Afuera caía la noche y acababan de encenderse las luces del vagón. El ojo era de tan extraña belleza que él simuló que acababa de despertarse y desempañó el resto del vidrio como si quisiera ver adonde estaban. 
La muchacha estaba incorporada en el asiento, vuelta hacia su acompañante. Por el modo en que los hombros concentraban la tensión de todo el cuerpo, Shimamura supo que era un atento desvelo hacia su  acompañante lo que hacía que la muchacha no parpadeara. El hombre tenía la cabeza apoyada contra la ventanilla y las piernas sobre el asiento frente a la muchacha. Iban en un vagón de tercera. La pareja no estaba en la misma fila que Shimamura sino una más adelante, en diagonal a él, lo que le permitía mirarla directamente. Pero ya en el momento en que los vio subir al tren hubo algo inquietante en la belleza de ella que lo obligó a bajar los ojos y registrar sólo los dedos cenicientos del hombre aferrados al brazo de ella. 
En el reflejo, el hombre exhibía una combinación de protección y debilidad que hacía lícito que posara sus ojos en el pecho de la muchacha. Un extremo de su bufanda le servia de almohada, el resto le cubría el cuello y la boca. De tanto en tanto, el paño parecía obstaculizarle la respiración, pero antes de que él manifestara el menor signo de molestia la muchacha se la reacomodaba con suavidad. El procedimiento se repitió tantas veces que Shimamura empezó a sentir impaciencia. Lo mismo ocurría con el sobretodo: cada vez que se abría uno de los faldones, la muchacha se apresuraba a colocarlo en su lugar, cubriendo las piernas del hombre. Todo era completamente natural, como si ambos estuvieran igualmente decididos a repetir esa rutina durante lo que restaba del viaje. Shimamura contemplaba la escena sin sentir ni el menor asomo del dolor que suscita lo verdaderamente triste. Más bien era como asistir a la escena de un sueño, seguramente por el efecto de verla reflejada en el cristal, superpuesta al paisaje nocturno. 
Las dos figuras, transparentes e intangibles, y el fondo, cada vez más difuso en la oscuridad creciente del crepúsculo, se fundían en una atmósfera ajena a este mundo. Cuando una mínima variación en las montañas lejanas se sobreimprimía al rostro de la muchacha, Shimamura sentía una turbación de inexpresable belleza en el pecho. En el cielo aún se veían restos rojos del atardecer. Todo contorno individual se perdía en la distancia, el monótono paisaje de la montaña se hacía aun más vago a medida que se apagaban los últimos restos de color. Nada atraía la mirada, sólo quedaba dejarse llevar Mientras subía al coche, Shimamura miró los delicados carámbanos que colgaban goteantes del alero de la estación. El blanco de la nieve en el techo los hacía aun más blancos, como si un manto de silencio hubiera caído sobre la tierra."


Extraído de "País de Nieve"

martes, 5 de junio de 2012

la límpida crueldad de las llamas

"Los libros bombardearon sus hombros, sus brazos, su rostro levantado. Un libro aterrizó, casi obedientemente como una paloma blanca, en sus manos, agitando las alas. A la débil e incierta luz, una página desgajada asomó, y era como un copo de nieve, con las palabras delicadamente impresas en ella. Con toda su prisa Y su celo, Montag sólo tuvo un instante para leer una línea ésta ardió en su cerebro durante el minuto siguiente como si se la hubiesen grabado con un acero. El tiempo se ha dormido a la luz del sol del atardecer. Montag dejó caer el libro. Inmediatamente cayó entre sus brazos.

 -¡Montag, sube!

La mano de Montag se cerró como una boca, aplastó el libro con fiera devoción, con fiera inconsciencia, contra su pecho. Los hombres, desde arriba, arrojaban al aire polvoriento montones de revistas que caían como pájaros asesinados, y la mujer permanecía abajo, como una niña, entre los cadáveres.

Montag no hizo nada. Fue su mano la que actuó; su mano, con un cerebro propio, con una conciencia y una curiosidad en cada dedo tembloroso, se había convertido en ladrona. En aquel momento metió el libro bajo su brazo, lo apretó con fuerza contra la sudorosa axila; salió vacía, con agilidad de prestidigitador. ¡Mira aquí! ¡inocente! ¡Mira!

Montag contempló, alterado, aquella mano blanca. La mantuvo a distancia, como si padeciese presbicia. La acercó al rostro, como si fuese miope.

-¡Montag! El aludido se volvió con sobresalto.

-¡No te quedes ahí parado, estúpido!

Los libros yacían como grandes montones de peces puestos a secar. Los hombres bailaban, resbalaban y caían sobre ellos. Los títulos hacían brillar sus ojos dorados, caían, desaparecían.

-¡Petróleo!

Bombearon el frío fluido desde los tanques con el número 451 que llevaban sujetos a sus hombros. Cubrieron cada libro, inundaron las habitaciones.

Corrieron escaleras abajo; Montag avanzó en pos de ellos, entre los vapores del petróleo.

-¡Vamos, mujer!

Ésta se arrodilló entre los libros, acarició la empapada piel, el impregnado cartón, leyó los títulos dorados con los dedos mientras su mirada acusaba a Montag."

Extraído de "Fahrenheit 451" - Ray Bradbury

sábado, 2 de junio de 2012

martes, 29 de mayo de 2012

"No creo que haya nadie que disfrute tanto con las cosas, tal como son, como yo lo hago. La sorprendente humedad del agua me apasiona e intoxica. La fogosidad del fuego, la fortaleza del acero, la inexpresable fangosidad del fango"

sábado, 26 de mayo de 2012

"...Cuando el tiempo sólo sea rapidez, instantaneidad y simultaneidad, mientras que lo temporal, entendido como acontecer histórico, haya desaparecido de la existencia de todos los pueblos, entonces, justamente entonces, volverán a atravesar todo este aquelarre como fantasmas las preguntas: ¿para qué?, ¿hacia dónde?, ¿y después qué?..."

domingo, 6 de mayo de 2012

la filosofía de lo bajo


- ¿Cómo llegás a posicionarte desde esta "filosofía de lo bajo"?


"La filosofía de lo bajo es un modo de ver las cosas. La filosofía generalmente –no digo nada original- siempre fue pensada como algo elevado, algo espiritual. Cuando uno escucha que alguien se define como filósofo piensa que va a decir cosas importantes, profundas, relacionadas con el sentido de la vida. La gente común labura, hace lo que puede, vive en la tierra; y el filósofo es el que ve desde arriba todo ese tipo de cosas. Esa es una imagen tradicional de la filosofía. Ahora, si uno se pone en ese lugar hace un papelón, porque es ridículo, el filósofo no está por arriba de nada. Y después, eso bajo o terrenal, esa necesidad de estar con los pies bien plantados, de no vivir toda la vida en una universidad, salir, conocer cosas que no corresponden a tu vocación, mezclarte con gente no letrada. Eso no es por un afán de humanismo, sino que es absolutamente indispensable para poder pensar. Wittgenstein decía: “Para ser filósofo elegí cualquier oficio que no sea ser profesor de filosofía”. Hay ciertos autores que a mí me daban esa imagen de un tipo de pensamiento bien agarrado en las cosas: el joven Sartre; el polaco Gombrowicz; Artaud, el poeta; y mis maestros Foucault y Deleuze. Tiene que ver con un modo de hacer filosofía que no toma en cuenta a la autoridad, ni la referencia, ni la competencia en cuánta gente citás, ni en el fisioculturismo bibliográfico, ni en el formulario de tesina. Es otra cosa, que se llama pensar. Y para pensar tenés que ser una persona que se caga en todo, especialmente en aquellos que te dicen cómo pensar y qué pensar. Vos ahí tenés que agarrar la aspiradora, borrar todo y ahí empezar a saltar como un mono y decir: “Esta alfombra es mía y acá digo lo que quiero”. Ahora, esta actitud de apropiación de la página, de la pantalla, de lo que sea, de tu cabeza, no es ni espontánea ni surge por voluntad solamente, sino que tenés que meter mucho trabajo. No tiene ningún sentido si no hay un esfuerzo a saltear. Todo esto tiene sentido si vos encontrás una resistencia, una pelea. Y la pelea te exige estar armado, porque el ejército de la cultura está con gente muy armada con mucho arsenal. Entonces, conseguir una voz propia, un pensamiento que sea tuyo, valga lo que valga, desentenderte de lo qué dirán, de cómo queda, bancarte estar en minoría, bancarte la frustración, no publicar un libro, que nadie lea un texto, que no te salga un renglón. Bueno, todo eso para mí forma parte de lo bajo. Es decir, no de la imagen del pensador, que te habla con voz grave, cavernosa, con buena sintaxis y que se lleva la mano al mentón y realmente está en estado de pañales, eso no."




jueves, 3 de mayo de 2012

Documentos

Llena de signos y de árboles,
ella cruza la noche como un fuego o un río,
asciende en el silencio y la memoria,
es infinita como un hecho, 
la existo, la conduzco, yo soy su certidumbre.